La llorona

-El llanto que recorre los ríos de México-

Dicen que cuando cae la noche y solo se escuchan los grillos, de pronto... lo oyes. Un llanto. Largo, desgarrador, que parece venir de todas partes a la vez. "¡Ay, mis hijos!" — grita una voz que se rompe en el aire. No gires. No salgas a mirar. Porque si la ves de pie junto al río, vestida de blanco, con el cabello cayendo sobre su rostro... puede que sea demasiado tarde. No busca asustarte. Busca lo que perdió hace siglos, y si estás ahí, podrías ser confundido con lo que tanto anhela recuperar (Instituto Nacional de Lenguas Indígenas [INALI], s.f.).

"Su llanto se escucha lejos... pero cada vez suena más cerca."

Ella no descansa. No envejece. Y en cada pueblo, cada río, cada lugar donde alguien la ha visto, la historia es la misma: viene por los que no regresan a casa antes de que anochezca (Herrera-Sobek, 2012).

El charro negro

-Nunca aceptes lo que te ofrece la oscuridad-

Lo ves aparecer entre la niebla, montado en un caballo negro que no hace ruido al caminar. Su traje brilla como si absorbiera la poca luz que queda. No camina hacia ti. Simplemente... está ahí. Y te sonríe. Te ofrece riquezas. Todo lo que siempre has deseado. A cambio de nada, dice. Pero nunca, jamás, aceptes su mano. Porque lo que él toma... nadie lo ha recuperado. Si montas con él, desapareces con la noche y nadie vuelve a saber de ti. Espera en los cruces de caminos, donde el sol no llega. Espera a alguien que tenga prisa por conseguir algo (Instituto Nacional de Antropología e Historia [INAH], 2022).

"Parece lo mejor que te ha pasado. Hasta que descubres el precio que estás pagando."

No persigue a nadie. Solo espera. Y hay quienes dicen que lo han visto esperando... justo afuera de sus propias casas (Velázquez, 2018).

El chupacabras

Te voy a platicar lo que contaban en mi pueblo. Un día el vecino fue a sus gallinas al amanecer y las encontró todas muertas. Sin heridas grandes, sin sangre, solo dos pequeños huequitos en el cuello. Nadie entendía qué había pasado. Pero alguien dijo haber visto algo raro entre las matas esa noche: algo bajo, con ojos que brillaban en la oscuridad, que se movía sin hacer ruido. Desde entonces, cuando cae la noche, cierran bien las puertas del corral. Dicen que no es un animal que conocemos. Que viene de donde no llega la luz. Y que siempre regresa por más (Secretaría de Cultura y Turismo, s.f.).

"Lo que más miedo me da no es verlo. Es saber que me está mirando desde la oscuridad y yo no lo veo."

Yo no he visto nada... todavía. Pero a veces, cuando estoy solo en el campo al anochecer, siento que algo me observa. Y no me quedo para comprobarlo (Montemayor, 2019).

El silbón

Imagínate que vas caminando solo por un camino de tierra. Ya oscureció. Y de pronto lo escuchas: un silbido, claro y perfecto, como si alguien estuviera justo a tu lado. Te giras. No hay nadie. El silencio vuelve. Y entonces suena de nuevo, ahora más lejos, pero igual de nítido. Los abuelos advierten: "Si lo escuchas lejos, está cerca. Si lo escuchas cerca... ya está detrás de ti." Dicen que carga una bolsa con huesos de quienes no creyeron en la advertencia. Yo nunca he querido comprobar si es verdad. Cuando camino y escucho algo que no reconozco... apuro el paso y no miro atrás (Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, s.f.).

"Lo que más me aterra no es el silbido. Es saber que alguien está ahí y no puedo verlo."

A veces creo escucharlo cuando el viento sopla entre los árboles. Y prefiero pensar que es solo el viento (Pérez Martínez, 2021).

La isla de las muñecas

Déjame contarte algo que ocurrió no muy lejos de aquí, en los canales de Xochimilco. Hace muchos años, un hombre llamado Don Julián Santana vivía solo en una chinampa. Un día encontró el cuerpo de una niña ahogada entre los lirios del agua. No pudo salvarla. Y desde esa noche, dicen que su espíritu no lo dejó en paz. Se escuchaban llantos, pasos... algo que se movía entre las sombras de los árboles. Entonces empezó a colgar muñecas viejas y rotas por toda la isla, para espantar al espíritu de la niña. Cientos de ellas. Colgadas de las ramas, mirando en todas direcciones.

"Con el tiempo, las muñecas dejaron de ser protección. Se convirtieron en algo que vigila."

Cuando Don Julián murió, las muñecas siguieron ahí. Y quienes se acercan de noche dicen algo que les hiela la sangre: las muñecas giran solas. Sus ojos te siguen entre la oscuridad. Y susurran entre sí cuando nadie las escucha. Nadie sabe si espantan o si ahora son ellas las que esperan a que alguien se acerque demasiado (Instituto Nacional de Antropología e Historia [INAH], 2023).